EL PRIMO

Esta historia me la contó el primo de un amigo.

Llegado el mes de diciembre, en la costa caribe colombiana los colegios entran en vacaciones y, generalmente, mis amigos y yo solíamos  reunirnos en la cancha del barrio a eso de las siete de la noche, claro, después de toda una tarde de patear balón en la misma cancha. Ese era nuestro WhatsApp de la época.

Para esa década de los años 90 nuestra sociedad vivía una etapa caótica, de guerras y bombardeos, políticos corruptos, guerrillas, paramilitarísmo, grupos ilegales, narcotráfico y toda una lucha de territorios y mafia, aunque ahora no es mucho la diferencia. 

Eran tiempos difíciles, pero se volvían más complicados para los chicos, debido a la pobreza extrema. Eran pocas las opciones que se tenían en aquel tiempo: por un lado, podíamos escoger entre el dinero fácil de las drogas y la delincuencia común o  la vida militar, no queriendo decir que la vida militar sea detestable, sino que en nuestra sociedad esto aplica solo para los pobres y no para todos, pues no todos los jóvenes prestan el servicio militar en nuestro país; en su gran mayoría, los más pobres éramos quienes, al final,  poníamos el pecho en el frente. No había de donde escoger: o eras delincuente o eras militar. La otra opción que se tenia era irse para guerrillero o paramilitar, cualquiera que fuera significaba la guerra. Esa era la vida de un joven de 17años en los noventa, pocas eran las posibilidades de estudio.

Recién por aquella época, estaban de moda los paramilitares y se pagaba en ese entonces, creo que ochocientos mil pesos a los jóvenes, para que fueran a luchar una guerra que ni sabían cual era el propósito. Eso era un poco de plata en ese entonces, sobre todo para jóvenes como nosotros, que siempre nos habíamos levantado en la miseria. Fue bien tentativo para muchos amigos que ya hoy no están; se metieron a esa vaina para más nunca volver, y los que sobrevivieron hoy en día cuentan las historias cada ves que nos reunimos. 

Una de esas tantas historias la recuerdo mucho. Nos la contó el viejo Samy, que hizo parte de uno de estos grupos y que en un tiempo se retiró, pero que después volvió para más nunca regresar. ¡sabrá Dios dónde lo habrán enterrado!

El viejo Samy nos contó una vez que vino de franquicia que lo habían mandado para la frontera con Venezuela y que, en cierta ocasión los venía persiguiendo la guerrilla, a ellos les tocó separarse en grupos de tres ó cuatro. De esa manera, evadirían el enemigo y evitarían que dieran de baja a todo el escuadrón. A él le tocó con dos compañeros más. Corrieron hasta el cansancio y cada vez se adentraban más en la selva. 

Caminando sin cesar se les estaba haciendo de noche, hasta que encontraron en medio de la penumbra una casa muy bonita con un "rolito" en limpio, rodeado por un hermoso jardín. Al viejo Samy se le hizo extraño...«¿un jardín hermoso en plena selva?» se preguntó. Había flores hermosas: rosas, jazmines, claveles, tulipanes, hibiscos, hasta girasoles. «Qué extraño», pensó, pero el cansancio pudo más que la razón y no le paro bolas. «esto tiene que ser de un mafioso», pensó en el momento. Pero la cosa comenzó a verse cada vez más extraña cuando, al tocar la puerta, —¡oh, sorpresa!—, se encontraron con tres hermosas mujeres, despampanantes y voluptuosas, vestidas como para ir a playa. «¿playa en medio de la selva?» bien..., bien extraño. 

Samy, un hombre que, a pesar de todo los vejámenes de la vida, había sido un tipo educado por papás religiosos, empezó a dudar de lo que veían sus ojos. sus compañeros, en cambio, mas dedicados a la vida mundana y a los placeres, pensaron justo lo contrario; que se habían ganado la lotería. «¡Qué chicas tan hermosas!», pensaron.

La cosa empezó a estar aún  más extraña cuando entraron y vieron el interior de la casa: todo un palacio. Los pisos y paredes eran de mármol, habían grandes lámparas y hermosos ventanales, con muebles con un toque simple pero elegantes. En medio de la sala, un gran bufete con mesa para seis personas. «Qué extraño... Parece que nos estaban esperando», pensó el viejo Samy. «Tanta suerte no puede ser verdad». En ese momento recordó las palabras de su padre, que siempre le decía que las cosas fáciles se la lleva el diablo. Pero en fin, ¿Qué podía perder?, las piernas no le daban para mas. Dejaron los fusiles recostados en la entrada y se sentaron a comer. Sus amigos, como si nada ocurriera empezaron  a disfrutar del bufete, pero algo no encajaba en el pensamiento de Samy y recordaba constantemente las palabras de su papá.

Tras el vino, la cerveza y el ron, y acabada toda la comida, Samy, de costumbres religiosas, que poco tomaba, mejor decidió irse a dormir. Pero no en los cuartos preparados para ellos en el segundo piso. Sino que, prefirió quedarse mejor en el primer piso en la hamaca de campaña que dan en la milicia. La guindó en la antesala y se echo a dormir, aunque le fue imposible conciliar el sueño, pues sus compañeros estaban emparrandados aún. Todo parecía irreal, tan fuera de contexto, todo  era tan onírico. Hacía apenas unas horas estaban siendo perseguidos en medio de la selva, al filo de la muerte; ahora, estaban de fiesta en un gran palacio. Tanta dicha no podía ser cierta. 

Pasada la media noche, los compañeros de Samy ya ebrios, se fueron a dormir. Aquellas casonas estaban construidas con un toque colonial, y el segundo piso era visible desde abajo. Samy vio cuando entraron a sus habitaciones con sus respectivas acompañantes. La tercera mujer llegó a dónde el estaba para insistirle  que se fuera a la cama con ella, pero Samy, de nuevo, no aceptó.

Había pasado más o menos una hora y,  sin poder conciliar el sueño, el viejo Samy escuchaba sonidos extraños en la parte de arriba. Al principio, risotadas y jolgorio, le pareció normal. Pero, de repente todo quedó en silencio y se empezaron a escuchar unos sonidos extraños,  como cuando los cerdos comen maíz, «¡Rarísimo!», pensó. Al rato, sintió unas gotas cayendo del techo. «¿Está lloviendo? ¿el techo está roto?». Tomó su lampara de campaña y decidió alumbrar hacia arriba, buscando la gotera, pero terminó alumbrando por entre medio de una de las puertas de los cuartos, y vaya sorpresa de infarto:  las mujeres se estaban comiendo a sus compañeros con unas bocazas enormes, de grandes dientes y ojos rojos y luminosos. Lo que goteaba era la sangre de sus amigos. De un salto, echándose una bendición, emprendió la huida y salió corriendo con lo que tenía puesto, y se adentró de nuevo en la selva, sin rumbo.

Algo lo venía persiguiendo por el aire; aquello según contó Samy venía volando. Se salvó de milagro, pues al dar un paso en falso cayó a la rivera de un río que lo arrastro hasta que ya no pudo más. Nadó y nadó hasta una pequeña playa que había creado el rio en uno de sus meandros. Ya era de mañana, como las ocho, suponía.

 Acostado en la arena boca abajo, vio venir los cascos de un burro. Encima de él un anciano con un tabaco en la boca y una carga de leña, «¿Qué le pasó, joven?», le preguntó. Samy se levantó exhausto y le contó toda la historia. El viejo sonrió, como ya sabiendo que le pasaba, y le dijo que en esa casa habitaba el diablo. Dio la vuelta, le indicó señalándole con la mano la dirección en la que tenia que ir para salir de ahí, y se fue cantando una canción de esas tradicionales. Luego interrumpió el canto y dijo lo siguiente: «Te aconsejo, joven, que nunca más regreses por estos lugares. Se te ha brindado una nueva oportunidad».

Después de pasado algún tiempo, el viejo Samy casualmente había seguido militando en aquel grupo paramilitar. En una ocasión, volvió a pasar cerca de aquel lugar, pero no encontró nada, nadie conocía esa inmensa mansión que estaba buscando, incluso lo trataron de loco. 


AUTOR: Franklin Pernett Velásquez.